El otro maestro

Tradicionalmente, la función del maestro se ha venido entendiendo dentro de al lo menos tres esquemas rígidos. El primero tiene que ver con la del maestro-enseñante. De nuevo, vale la pena insistir en que el maestro no tiene como función primordial la de enseñar. De hecho, si fuera esta su razón de ser, en lugar de maestro será sólo profesor, y aún, en lugar de profesor, meramente enseñante. Pero sucede que no sólo enseña un profesor: enseña la experiencia, la televisión, el juego, los libros, la observación y los computadores.

 

En efecto, en el contacto particularmente novedoso con el computador, además de ganar en atención, concentración, percepción, análisis, intuición y reflejos, el niño puede concluir con facilidad que el computador enseña más y regaña menos, que repite cuantas veces se le solicite, que no raja, que es más divertido y, en últimas, que cuando lo desee lo apaga. Algo muy parecido podría decirse de la televisión, de los juegos electrónicos o del deporte, que suelen ser más capaces que el profesor de mantener la atención y la motivación de los niños, y además por mucho más tiempo continuo.

Un segundo esquema se relaciona con la función del maestro-controlador. Aquel que asume el control y la vigilancia sobre lo que los niños hacen o dejan de hacer. Una especie de policía que tiene como propósito vigilar que no se viole ninguno de los artículos de un reglamento escolar, y además controlar por medio de la planificación, la nota y el castigo todas y cada una de las acciones de los estudiantes en su tarea de aprender. Es muy probable que Foucault haya tenido en mente este tipo de persona cuando escribió Vigilar y Castigar y que gracias a este esquema los colegios se parezcan más a una cárcel o a un manicomio con corredores donde se pasean los profesores uniformados y armados con la táctica de la nota, la estrategia del reglamento y la técnica del castigo. Si los maestros insisten en mantener un control estricto, dominar la agenda y la discusión, determinar por anticipado qué debe ocurrir y qué hay que descubrir, incluso sus alumnos más brillantes quedarán atados al andamiaje, como una estructura apoyada, incapaces de funcionar independientemente o fuera del contexto y contenido precisos de lo que se hace en la clase. (Edwards y Mercer, 1988)

El tercer esquema se refiere a una especie de maestro-ausente cuyos principios se encuentran encabezados por la estrategia del laissez-faire, laissez-paisser (dejar hacer, dejar pasar). Los alumnos desarrollan una falsa interacción con estos maestros, puesto que se encuentran en condiciones de hacer literalmente los que les da la gana, circunstancia en la cual se impone la ley del más fuerte y se generan muchas condiciones propicias para la violación de los derechos y para la incapacidad de respetar las ideas de los semejantes, reconocer y valorar las diferencias y aprender a vivir pacífica y productivamente en comunidad. Numerosos adultos pueden estar todavía sufriendo los efectos negativos que una situación así les pudo haber generado, al permitir la plena expresión de la violencia que se desarrolla en un grupo sin oficio, sin motivación y sin el apego fundamental a las reglas mínimas de convivencia.

Adicionalmente, los tres esquemas comparten la misma circunstancia espacial del aula de clase. Son maestros dentro del aula y no fuera de ella. Enseñan sólo dentro del aula. Paradójicamente, empero, la memoria del mejor maestro en la mayoría de los adultos reposa en la interacción que se produjo fuera del aula, allí donde el maestro despojado de la tiranía de los programas, fue capaz de oír, observar, aplaudir, reír, aconsejar, discutir, orientar y jugar.

Sin pretender presentar la fórmula del maestro ideal, esbozaremos algunas de las funciones que de seguirse aunque sea de manera parcial, podrían favorecer un contacto más amable y productivo de los estudiantes con la escuela, y en consecuencia mayor motivación, capacitación y aprendizaje:

En cuanto a su ser:

Un nuevo paradigma de la educación le plantea la necesidad de otro maestro, con una formación tanto personal como académica que pueda contemplar al menos los siguientes aspectos:

· Una formación ética que posibilite reflexionar sobre la veracidad de la información que distribuye, el respeto por las personas, el ejercicio de la justicia, el respeto de los derechos fundamentales, el respeto de la confiabilidad y la intimidad, la igualdad en las relaciones, etc. para poder fomentar en los niños la tolerancia, la solidaridad, la honestidad el compañerismo y el espíritu de colaboración con la sociedad; el respeto a las diferencias y la no discriminación por razones de sexo, raza, origen o religión; para poder servir siempre como mediador del conflicto, estimulante del diálogo e impulsor de talentos y virtudes.

· El desarrollo de habilidades comunicacionales que ayuden a generar un proceso colectivo de construcción de significados y que contemple desde la forma como transmite sus conocimientos hasta la coherencia entre su discurso y su vida. Igualmente, que le ayuden a mantener y cultivar el hábito de la observación, de la experimentación, así como aprender y dejar aprender del error y de la derrota.

· Una actitud que le permita hacer frente a la posibilidad de que no llegue a ser eficaz o útil y demostrar una voluntad de reflexión, de evaluación y de cambio de rumbo tan a menudo como sea necesario

· El desarrollo de hábitos de trabajo en cuanto a la lectura, la investigación, la producción de escritos, el tipo de relación que establece con los demás, su presentación personal, su capacidad de escucha, su habilidad de preguntar etc.

· El desarrollo de la sensibilidad que le permita descubrir en los niños sus posibilidades y sus limitaciones para ayudarlos en la explotación adecuada de su potencial humano y de proyección profesional.

· Una formación académica que le aporte no sólo un conocimiento tangencial de las disciplinas sino que estudie con profundidad la estructura epistemológica de una disciplina en particular.

En cuanto a su quehacer:

El maestro debe emplear estrategias que enseñen al alumno a aprender, haciéndolo vivir experiencias intelectuales estimulantes, que organicen la información en forma lógica y científica, al mismo tiempo que desarrollen una serie de habilidades, capacidades, procesos intelectuales y cualidades de personalidad.

La relación del maestro y el niño es fundamental para su desarrollo, y le proporciona muchas posibilidades de construcción de conocimientos y de vida, si se da en un plano horizontal de respeto mutuo, en el cual el maestro reconoce al niño como ser autónomo e independiente, capaz de expresar sentimientos, pensamientos y deseos, de autoevaluarse y autocorregirse, valorar sus trabajos y los del grupo, y sentir la satisfacción de su esfuerzo y ejecución.

El papel que está llamado a desempeñar el maestro es el de un guìa, un orientador, un animador y un facilitador de la acción del niño y de la participación del grupo. De esta manera, el maestro debería:

· Saber antetodo, que es tan importante conocer los mecanismos del desarrollo como los del aprendizaje, puesto que lo niños están construyendo sus estructuras intelectuales y por eso su tarea fundamental es contribuir a la formación de éstas.

· Crear las condiciones que permitan a los niños descubrir algunas cosas por sí mismos (cada vez que enseñamos prematuramente a un niño algo que podía haber descubierto él mismo, se le impide inventarlo y por tanto, comprenderlo por entero. (Piaget, 1936).

· Guiar al alumno y ser un generador de contradicciones y de dificultades que le hagan progresar y en ningún caso dejarle abandonado a la suerte de aprender completamente solo o en forma autodidacta;

· Partir de las ideas espontáneas, o por lo menos considerarlas, y no dar por supuesto que el niño entiende lo que tratamos, que aprende como nosotros pretendemos enseñarle.

· Diseñar actividades que permitan a los niños aprender de su experiencia directa, concreta, y que los conduzcan también a actuar y no sólo a escuchar, leer o escribir;

· Hacer referencia a la experiencia más amplia de los niños (en la escuela o fuera de ella) al explicar temas o introducir problemas.

De esta manera, el niño participa activamente, encontrando en su maestro un facilitador, un orientador, un animador con quien se adentra en esa búsqueda de explicaciones, que lo confronta, que le crea un ambiente propicio para aprender y le permite de esta forma crecer física, cognoscitiva y afectivamente.

Es, finalmente, la formación y la actualización de los maestros en estos términos, la tarea de mayor urgencia y el problema de más envergadura a la hora de aplicar modelos alternativos de educación. De otra forma, todos los postulados de este proyecto -como de tantos otros- quedarán acumulados como un conjunto de máximas sin sentido, sin significado y sin representación.