El niño de 7 años

Arnold Gesell (E.E.U.U. 1880-1961)

Recomendamos “El niño de 7 años” de Arnold Gesell como una importante lectura para padres de familia y profesores

 

en la intención de recoger y proponer diversos argumentos para el mejor conocimiento de las características de cada edad.
El psicólogo Gesell ( es reconocido como uno de los más importantes especialistas en el estudio del desarrollo infantil, al que le dedicó toda su vida. Fundó para tal efecto la Yale Clinic of Child Development, institución que se conoce hoy como Gesell Institute of Child Development.

Los estudios comprendidos en la serie ‘El niño de…’ son resultado de más de 20 años de investigaciones y observaciones apoyadas en entrevistas, fotografías, videos y otras técnicas que permitieron la clasificación de actitudes, movimientos y comportamientos de los niños de diferentes edades, y que en la actualidad son considerados como una obra clásica y un punto de referencia obligado en el área del desarrollo humano.
Hay que tener en cuenta, por supuesto, las limitaciones implícitas en toda generalización, que el autor mismo no olvida señalar, por cuanto es indispensable dejar un margen amplio para las diferencias y las condiciones individuales, por un lado, y para las condiciones derivadas del desarrollo de cada género, por otro. De la misma manera conviene reconocer que la población infantil estudiada corresponde a un tiempo y un espacio determinados, en este caso a niños estadounidenses de la primera mitad del siglo XX. Es mejor, en consecuencia, abordar este tipo de lecturas bajo el presupuesto de que todas las niñas y los niños son únicos, irrepetibles y diferentes. Pero al mismo tiempo es importante reconocer sus características generales -que las hay- a la manera de un conjunto intersección que señala los rasgos comunes de madurez y comportamiento, bajo un esquema que presenta, en cada libro: características motrices, higiene personal, expresión emocional, temores y sueños, personalidad y sexo, relaciones interpersonales, juegos y pasatiempos, vida escolar, sentido ético e imagen del mundo.
Como un punto de referencia, válido entre otros, presentamos apartes del capítulo Perfil de madurez, para que sirva como aperitivo de futuras lecturas sobre temas del desarrollo humano tan pertinentes y urgentes para padres y maestros.
(Nota del Claustro)

Perfil de conducta

A los siete años se produce una etapa de aquietamiento. Los seis años tendían a producir reacciones impetuosas y explosiones de actividad. El niño de siete años atraviesa prolongados períodos de calma y de concentración, durante los cuales elabora interiormente sus impresiones, abstraído del mundo exterior. Es una edad de asimilación, una época en que sedimenta la experiencia acumulada y se relacionan las experiencias nuevas con las antiguas.
De acuerdo con esto, el niño de siete años es un buen oyente. Le gusta que le lean; le gusta escuchar un cuento dos y tres veces. Imaginadlo acurrucado en un sillón o estirado en el suelo, escuchando interminablemente la radio. Imaginad su respuesta a una intervención brusca: le disgusta todo aquello que venga a interferir con sus meditaciones; le desasosiega no poder llegar a alguna conclusión. Todo ello significa que ha alcanzado ya un nivel superior de madurez.
(…)
Los siete años son una edad agradable, a condición de que se respeten los sentimientos del niño. Sus sentimientos necesitan una nueva y sutil consideración, porque es propenso a sumirse en estados contemplativos durante los cuales ordena sus impresiones subjetivas. Esta tendencia de mediación es un mecanismo psicológico mediante el cual absorbe, revive y reorganiza sus experiencias.
Como adultos, difícilmente advertimos cuánto tiene aún por aprender un niño de siete años –no en conocimientos de hechos, sino en comprensión del significado de las múltiples situaciones vitales que inciden sobre él en casa y en la escuela-. Estos significados son, en esencia, sentimientos. No surgen en modos definidos; deben ser <elaborados> y practicados mediante la actividad mental. Tal como el bebé de cuarenta semanas llega a dominar dos cubos moviéndolos, golpeándolos y combinándolos, de la misma manera el niño de siete años maneja, mediante el ejercicio de su fantasía reflexiva, sus materiales psicológicos recién descubiertos. Se trata de un proceso de crecimiento. Mediante él, aprende a modular los significados de cosas y personas. Mediante él, supera la primitiva impulsividad de la madurez de los seis años y hace nuevos adelantos en el seno de la intrincada cultura que continuamente se le impone. Nunca debe olvidarse cuán vasta es esta cultura y cuán ignorante de su estructura es la mente del niño de siete años. Éste necesita sus momentos de reflexión tanto como sus momentos de acción. El niño realiza sus adaptaciones tanto mediante su vida interior, como mediante su comportamiento externo.
Esta vida interior es el aspecto oculto y sutil que requiere de nosotros cierta deferencia. No podemos hacer justicia a la psicología del niño de siete años, a menos que reconozcamos la importancia de su actividad mental privada.
Ello explica sus ocasionales períodos de cavilación, sus ocasionales descuidos, los períodos secundarios de tristeza y de lamentación, el ceño fruncido, el refunfuñar, la timidez y una cierta melancolía no del todo desprovista de encanto.
El niño toma más de lo que da. Dentro de un año, será relativamente expansivo y se proyectará sobre el ambiente. En la actualidad, piensa y repiensa las cosas en función de la repercusión de éstas en su propia personalidad. Su actividad mental es mucho más intensa y activa de los que pudiera parecer superficialmente. Estará sumido en un estado de embelesamiento: de pronto le iluminará la llama de la visión y correrá a clamar o propagar la idea revelada. Tiene buenas intuiciones y se atiene a ellas.
(…)
Aunque dado ala concentración, el niño de siete años no es un aislacionista. No sólo está adquiriendo una conciencia de sí mismo, sino también de los demás. Su sensibilidad frente a las actitudes de los demás aumenta constantemente. Comienza a ver a su madre desde otro punto de vista. Conquista cierto grado de separación respecto de ella, desarrollando adhesiones a otras personas. Con frecuencia, ansía tener un hermanito o hermanita. Revela un nuevo interés por su padre y por los compañeros de juegos mayores que él. Y, por lo general, se encariña mucho con su maestro. En su casa, en el patio de juegos y en el aula escolar podemos observar cómo se profundizan sus relaciones personal-sociales.
En la escuela es en donde resulta más transparente esta susceptibilidad a la actividad social. Una alegría pura, sin mezcla, le inunda cuando la maestra le sonríe. Le gusta estar cerca de ella, tocarla y hablarle. Habla con el fin de establecer una relación personal y poner en juego sus capacidades. Al comenzar una tarea, pregunta: “¿Comienzo ahora?”, como sino pudiera hacerlo sin confirmación verbal. Cuando sea mayor, será más dueño de sí mismo, más independiente, al menos en las tareas sociales más sencillas.
(…)
En términos de desarrollo, es completamente natural que a los siete años el niño sea dócil en algunas ocasiones e imperioso en otras. En realidad, su organización no es tan estable como para poder funcionar a un solo nivel sostenido. Existe una considerable variabilidad de un día a otro e incluso dentro del mismo día. Los cambios de ánimo vas desde el niño dulce y bueno hasta el malhumorado y lloroso.
Su independencia, no es lo suficientemente robusta para permitirle juegos que requieran su alto grado de cooperación. La organización de su juego colectivo es poco coherente y predomina aún los fines individuales (…). No es buen perdedor: si una situación de juego se vuelve demasiado compleja y las cosas no marchan a su manera, el niño de siete años corre a su casa con una declaración más o menos justa -<abandono>- seguida de murmullos calumniosos de “tramposos”, “malvados” e “injustos”. Sintámonos debidamente complacidos ante esta rectitud en germen. Es evidente que le niño de siete años está desarrollando un sentido ético. Comienza a discriminar entre lo bueno y lo malo en otros niños e incluso en sí mismo. Comienza a tener actitudes de sus compañeros de juegos, así como de sus actos: “¡No quiero que los chicos me hagan burla!”. Se avergüenza si lo ven llorar. Su llanto es menos infantil que a los seis años; proviene del interior: a menudo, de su sensibilidad herida. Sin embargo, aprende a recobrar la calma y dejar de llorar. Tiende a ser más cortés, a comportarse mejor cuando no está en casa, lo que también representa una consideración hacia la buena opinión de los demás.
Los ataques de cólera están en vía de desaparición. En lugar de ello, el niño se retira de la escena refugiándose en accesos de malhumor, o haciendo un apresurado mutis acompañado de un portazo. Aun en estos estados e ánimo, puede haber conflictos –conflictos que no carecen de importancia ética-. Inventar coartadas o acusar a los demás son rasgos comunes.
(…).
Se sentido de la propiedad es analógicamente inmaduro. Se apropiará de lápices, de gomas de borrar o del diapasón de la maestra de música, con una indiferencia que sería sorprendente sí no comprendiéramos la complejidad de la honestidad ética. Es demasiado temprano para calificar de robo sus limitaciones. Si el niño no comprende que el diapasón pertenece a alguna otra persona, se debe a que se encuentra demasiado absorto en la satisfacción de tenerlo para sí mismo. Dentro de un año, probablemente sea capaz de proyectar es sentimiento de satisfacción sobre el verdadero propietario. Y luego hará una distinción culturalmente adecuada entre tuyo y mío.
(…)
El de siete años proyecta tanto en términos de de sentimientos como de acción. Comienza asentir la importancia de las acciones, no solo para sí, también para los demás. Tiene algunas preocupaciones sintomáticas. Su tarea evolutiva consiste en adaptar sus reacciones emocionales a las sanciones culturales conservando, al mismo tiempo, su propia identidad. Debe captar la vida emocionalmente como intelectualmente. Su inteligencia de crecimiento se manifiesta por medio de la percepción de la naturaleza interior de las cosas; su sabiduría en crecimiento, a través del sentido que adquiere del significado de sus actos.
A los siete años, apreciamos nuevos indicios de capacidad crítica y de razonamiento. El niño de siete años es más reflexivo; se toma tiempo para pensar; le interesan las conclusiones y los desarrollos lógicos. Se puede razonar con él, incluso en situaciones éticas, cargadas de emoción. Utiliza el lenguaje con mayor libertad y adaptación, no sólo para establecer relaciones, sino también para hacer comentarios circunstanciales sobre todo aquello que tiene entre manos. A menudo, estos comentarios son autocríticos.
(…)
Hace entonces su aparición la goma de borrar. Una y otra vez destruye con la goma los valientes trazos de su lápiz casi podríamos llamar a los siete años “la edad de la goma de borrar”. Algunas veces, el niño murmura expresiones de menosprecio hacía sí mismo a medida que borra y sopla sobre su trabajo, pero no por ello deja de luchar por lograr mejores resultados. Que el menosprecio está teñido de un toque de tristeza concuerda con el carácter del niño de siete años.

Parte integrante de esta madurez es la perseverancia, la tendencia a continuar y a repetir la conducta que brinda satisfacciones (…). Persevera en los juegos activos como en los reposados. Una vez que se ha lanzado a una persecución o una lucha, tiende a hacerlas más y más salvajes, hasta que el juego pierde este carácter. Se inclina a saturarse de las cosas, no a cambiarlas. En los juegos de naipes, quiere seguir jugando hasta ganar.
En virtud de todo ello, resulta claro que el niño de siete años ha progresado hasta llegar mucho más allá de las tendencias impulsivas y episódicas de la madurez de los seis años. Aunque centrado en sí mismo, está menos absorto en sí mismo. Su pensamiento es más social, más prolongado, más seriado, más concluyente. También es más curioso, incluso cuando se concentra en sí mismo para elaborar sus experiencias y comprender su significado. Su ligazón con el “aquí y ahora” es menos estrecha. Su vida mental comienza abarcar la comunidad y también el cosmos. Tiene una noción más inteligente del Sol, de la Luna, de las nubes, del calor, del fuego y de la corteza terrestre. La tierra y el cielo se unen. A los seis años, el niño reproducía el cielo con una mancha azul; ahora, sus dibujos llenan el vacío, la Tierra y el cielo se unen para formar un horizonte. Las personas que habitan la Tierra adquieren un significado más sociológico: el agente de policía, el almacenero, el bombero. El niño de siete años siente un interés en continuo aumento por la comunidad (…).
Al esbozar un retrato sintético del niño de siete años, es necesario destacar una vez más las tensiones internas que constituyen la clave de su psicología. Se encuentran fundamentalmente en una etapa de asimilación, en la cual desarrollan un equilibrio activo entre sus inclinaciones interiores y las exigencias de la cultura. Aporta ala tarea un fondo de inteligencia natural, sin embargo la tarea no le compete solamente a él. Hay demasiados valores artificiales y conflictivos en la cultura. El niño necesita, sobretodo, una orientación selectiva que haga justicia a las sutilezas de su cavilosa vida interior. Es demasiado fácil comprenderle mal. Es muy fácil obligarle a hacer cosas.
No obstante, el niño hace más concesiones que nosotros. Es susceptible al elogio, es sensible a la desaprobación, hasta llegar a las lágrimas. Las represiones y el castigo físico son demasiado groseros para el delicado tejido de su personalidad. Su sentido ético es inmaduro sólo por que es tan reciente. Pero en sus mecanismos y en sus primeros modos, este sentido ético deja entre ver una sensibilidad que el niño volverá a experimentar en los años de adolescencia.

Los subrayados son nuestros

(Tomado de Gesell, Arnold. El niño de 5 a 6 años. Paidós / Guías para padres. Barcelona, 2000 y publicado con autorización expresa de Paidós-Gestión de derechos de septiembre 9 de 2008).


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