El niño de 5 años

Arnold Gesell (E.E.U.U. 1880-1961)

Recomendamos “El niño de 5 años” de Arnold Gesell como una importante lectura para padres de familia y profesores

 

en la intención de recoger y proponer diversos argumentos para el mejor conocimiento de las características de cada edad.

El psicólogo Gesell es reconocido como uno de los más importantes especialistas en el estudio del desarrollo infantil, al que le dedicó toda su vida. Fundó para tal efecto la Yale Clinic of Child Development, institución que se conoce hoy como Gesell Institute of Child Development.


Los estudios comprendidos en la serie ‘El niño de…’ son resultado de más de 20 años de investigaciones y observaciones apoyadas en entrevistas, fotografías, videos y otras técnicas que permitieron la clasificación de actitudes, movimientos y comportamientos de los niños de diferentes edades, y que en la actualidad son considerados como una obra clásica y un punto de referencia obligado en el área del desarrollo humano.

Hay que tener en cuenta, por supuesto, las limitaciones implícitas en toda generalización, que el autor mismo no olvida señalar, por cuanto es indispensable dejar un margen amplio para las diferencias y las condiciones individuales, por un lado, y para las condiciones derivadas del desarrollo de cada género, por otro. De la misma manera conviene reconocer que la población infantil estudiada corresponde a un tiempo y un espacio determinados, en este caso a niños estadounidenses de la primera mitad del siglo XX. Es mejor, en consecuencia, abordar este tipo de lecturas bajo el presupuesto de que todas las niñas y los niños son únicos, irrepetibles y diferentes. Pero al mismo tiempo es importante reconocer sus características generales -que las hay- a la manera de un conjunto intersección que señala los rasgos comunes de madurez y comportamiento, bajo un esquema que presenta, en cada libro: características motrices, higiene personal, expresión emocional, temores y sueños, personalidad y sexo, relaciones interpersonales, juegos y pasatiempos, vida escolar, sentido ético e imagen del mundo.

Como un punto de referencia, válido entre otros, presentamos apartes del capítulo Perfil de conducta, para que sirva como aperitivo de futuras lecturas sobre temas del desarrollo humano tan pertinentes y urgentes para padres y maestros.
(Nota del Claustro)

Perfil de conducta (apartes)
El niño de cinco años ya ha recorrido un largo camino por el sinuoso y ascendente sendero del desarrollo. Deberá viajar aún quince años más para llegar a ser adulto, pero ha escalado ya la cuesta más escarpada y ha llegado a una meseta de suave pendiente. Si bien no es aún –de ninguna manera– un producto terminado, muestra ya indicios de hombre (o de la mujer) que ha de ser en el futuro. Sus capacidades, sus talentos, sus cualidades temperamentales y sus modos distintivos de afrontar las exigencias del desarrollo se han puesto ya de manifiesto en grado significativo. Lleva ya el sello de su individualidad.

Pero también corporiza en su joven persona rasgos generales y tendencias de conducta características de una etapa del desarrollo y de la cultura a la cual pertenece. Estos rasgos subyacentes que saturan su comportamiento constituyen la esencia de sus cinco años. Ellos constituyen los rasgos de madurez que le hacen algo diferente del niño de cuatro y del niño de seis años.

Cinco es una edad nodal y también una especie de edad de oro, tanto para los padres como para el niño. Durante un breve período, la corriente del desarrollo fluye con suavidad. El niño se contenta con organizar las experiencias recogidas –algo desperdigadamente– en su menos circunspecto cuarto año. El expansivo niño de cuatro años se salía constantemente de sí mismo para relacionarse con el ambiente, arremetiendo contra él de manera casi atolondrada. Por el contrario, el niño de cinco años es dueño de sí mismo, reservado, y su relación con el ambiente se plantea en términos amistosos y familiares. Ha aprendido mucho, ha madurado. Se dedica a consolidar sus ganancias antes de hacer incursiones más profundas en lo desconocido. Hacia los cinco años y medio, se hará evidente una nueva forma de desasosiego evolutivo.

Hasta entonces se produce un interludio durante el cual el niño se siente a sus anchas en su mundo. ¿Y qué es su mundo? Es un mundo de aquí y de ahora: el padre y la madre, especialmente la madre; su asiento en la mesa, a la hora de la comida; sus ropas, particularmente esa camiseta de la que se siente tan orgulloso; su triciclo; el patio de los fondos de la casa, la cocina, su cama, la farmacia y la tienda de la esquina (o el granero y el establo, si es lo suficientemente afortunado para vivir en el campo); la calle y quizá la gran sala del parvulario, llena de otros niños y con otra «señora buena». Mas si su universo tiene un centro, ese centro lo ocupa la madre (…).Su relación con el ambiente es muy personal. El niño no está aún maduro para el alejamiento conceptual y las emociones abstractas a que aspira la ética adulta. Posee un sentido relativamente fuerte de la posesión; con respecto a las cosas que le gustan, demuestra incluso un orgullo de posesión; mas siempre son referencia a lo suyo propio. No tiene una noción general de la propiedad. Tiene a ser realista, concreto y a hablar y pensar en primera persona, sin llegar a ser, empero, agresivo o combativo (…).Sin embargo, dentro de los limites de lo familiar y de una zona estrecha de lo desconocido, planteará preguntas propias: « ¿Para qué sirve?» « ¿De qué está hecho?» « ¿Cómo funciona?» « ¿Por qué viene el autobús por este camino?» ––son las preguntas favoritas (…). La autolimitación es casi tan fuerte como la autofirmación. En consecuencia, el niño pide ayuda a los adultos, cuando la necesita. Le agrada asumir pequeñas responsabilidades y privilegios a los que puede hacer plena justicia. Se le maneja mejor sobre esta base que desafiándole a realizar esfuerzos que escapan todavía a sus fuerzas. Si se le exige demasiado, puede reaccionar con pequeños arranques de resistencia o de sensibilidad; más rápidamente recupera su habitual porte equilibrado. Hay en él, a menudo, una vena de seriedad. Delibera mucho más que un niño de cuatro años. Piensa antes de hablar (…). Los niños de cinco años gustan de acomodarse a la cultura en la que viven. Su actividad espontánea tiene a realizar bajo un buen dominio de sí mismo. Buscan el apoyo y la guía de los adultos. Aceptan la ayuda de los adultos para salvar las transiciones que no les son familiares. Se muestran ansiosos por saber cómo hacer las cosas que están dentro de sus posibilidades. Les agrada ser instruidos, no tanto para gustar a sus mayores como para sentir las satisfacciones del logro personal y de la aceptación social. Les gusta practicar la conversación social de pedir permiso y de esperar un permiso formal. Los cinco años constituyen una edad de conformidad, comprendida en la pregunta: «¿Cómo se hace?»

Esta docilidad no significa, pese a todo, que el niño de cinco años -con todos sus rasgos atractivos- sea un individuo altamente social. Está sumergido harto profundamente en su mundo como para poder tener una percepción discriminada de sí mismo entre sus pares y entre sus superiores. Sus juegos colectivos se limitan, por lo general, a un grupo de tres y se organizan teniendo como preocupación principal los fines individuales, más que los fines colectivos. Niños y niñas se aceptan mutuamente con libertad, independientemente del sexo, aunque sin competencia jerárquica en cuando a quién ha de desempeñar el papel de la madre y quién el del bebé en el juego de la casa. Al no ser indebidamente agresivo y adquisitorio, el niño de cinco años tiende a establecer relaciones pacíficas con sus compañeros en los juegos colectivos sencillos.

(…)
Está sumergido tan por completo en el cosmos que no tiene conciencia de su propio pensamiento como proceso subjetivo separado del mundo objetivo. En su propia persona puede distinguir la mano derecha de la izquierda; pero carece de ese pequeño exceso de proyectividad que le permitiría distinguir la derecha de la izquierda en otra persona. Si bien es cierto que comienza a usar palabras fácilmente, se halla tan absorto por el cosmos que no puede suprimir su propio punto de vista para comprender ––por reciprocidad–– el punto de vista de los demás. Sin embargo, posee un sentido elemental de la vergüenza y de la desgracia. Busca el afecto y el aplauso. Le agrada escuchar que hace bien las cosas. Le gusta traer a casa algo hecho en la escuela.

El niño de cinco años es más pragmático que romántico. Construye sus definiciones en función del uso de la cosa definida: «Un caballo es para montar; un tenedor es para comer» (…). El niño de cinco años es un gran hablador. La volubilidad del cuarto año dio como resultado un vocabulario aumentado, quizá de unas dos mil palabras. Ha superado la mayor parte de su articulación infantil. Cuando relata una experiencia, emplea con mayor libertad las conjunciones. Puede referir un cuento. Puede exagerar, pero no es dado a la invención extraordinariamente imaginativa. Su juego dramático está lleno de un diálogo práctico y de una especie de monólogo colectivo. Usa las palabras para clarificar el mundo multitudinario en el que vive. Quizá sea el lenguaje ––más que cualquier otro campo de la conducta–– el campo en el que muestre una ligera tendencia a irse por las ramas, para salirse un poco de sus propios cauces. Ésta es una tendencia sana del crecimiento, pues las palabras le ayudarán a alejarse constructivamente de su madre y del ambiente que lo mantiene aún apresado.

En general, la vida emocional del niño de cinco años sugiere un buen ajuste consigo mismo y confianza en los demás. No carece de angustias y de temores, pero son por lo general temporales y concretos. El trueno y las sirenas despiertan a menudo su temor. La oscuridad y la soledad le provocan timidez. Muchos niños de cinco años tienen accesos de temor en los que creen que su madre los abandonará, o que no la encontrarán al despertar. Sus sueños pueden ser placenteros, pero son más a menudo presas de pesadillas, en las cuales animales terroríficos ocupan un lugar más prominente que las personas.

Sin embargo, teniendo en consideración todos estos aspectos, el niño de cinco años goza ––en sus horas de vigilia–– de un equilibrio excelente. Somáticamente, su salud es buena. Desde el punto de vista psicológico, se siente a sus anchas en el mundo, porque se siente cómodo consigo mismo. Algún choque puede hacerle perder el equilibrio, pero tiende a recuperarlo. De ordinario, no escapa por la tangente del berrinche o del ataque de nervios. Le resulta suficiente golpear brevemente con los pies en el suelo y afirmar: «No, no quiero». Aunque inclinado a trepar y a la actividad motriz gruesa, exhibe compostura en sus posiciones de pie y sedente. Sentado en una silla, no molesta ni se muestra inquieto. Se pone de pie con aplomo. A menudo, observamos gracia y habilidad inconscientes, tanto en la coordinación motriz gruesa como en la fina. Hay una acabada perfección y economía de movimientos, que sugiere, una vez más, que los cinco años son una edad nodal hacia la cual convergen los hilos del desarrollo para organizarse con miras a un nuevo adelanto.

En realidad, la naturaleza psicológica de esta edad resulta más evidente cuando nos detenemos en este límite nodal y echamos una mirada retrospectiva al camino evolutivo que ha recorrido el niño para llegar a su estado actual. Es un sendero tortuoso, espiralado. Hubo límites similares en el pasado; habrá otros en el futuro. Los cinco años se comparan con los tres y con las veintiocho semanas en cuanto a configuración general y cualidades. Los diez años se asemejarán a los cinco. Se trata de breves períodos durante los cuales ejercen su ascendencia las fuerzas asimiladoras, organizadoras, del crecimiento. Durante los períodos intermedios ––a los cuatro, seis y ocho años–– prevalecen los impulsos expansivos, fermentativos, progresivos del crecimiento.

Resulta innecesario decir que estas alternativas en la tónica del desarrollo no están claramente definidas. La evolución del crecimiento es como el espectro cromático: cada fase, cada color, se identifica mediante grados imperceptibles con el siguiente. Sin embargo, los siente colores del espectro son bien distinguibles. De la misma manera, los rasgos de madurez del niño de cinco años se diferencian de los rasgos de madurez del niño de seis años.

Los subrayados son nuestros
(Tomado de Gesell, Arnold. El niño de 5 a 6 años. Paidós / Guías para padres. Barcelona, 2000 y publicado con autorización expresa de Paidós-Gestión de derechos de septiembre 9 de 2008).


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