Historia

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El holocausto del palacio de justicia

Era el miércoles 6 de noviembre de 1985. Carlos salió como siempre muy temprano hacia el Externado (donde ejercía después de más de 20 años de vinculación como Vicerrector, Decano de Estudios y director del Departamento de Humanidades). Iba con la tarea de hacer las entrevistas a los aspirantes a primer semestre de la carrera de Derecho. Su recorrido habitual empezaba allí y seguía con la Corte Suprema de Justicia, de la cual era Magistrado de la Sala Constitucional desde 1980. Luego regresaba al Claustro y pasaba a encargarse de los asuntos propios de la dirección del Colegio. Ese día tenía Sala Constitucional hacia las once de la mañana. Lo esperábamos a almorzar.

El ambiente estaba muy pesado por las amenazas de los narcotraficantes extraditables a los magistrados de la Corte, quienes se encontraban discutiendo la constitucionalidad del tratado de extradición. A Carlos le había llegado días antes una horrible amenaza donde se daba detalle de las actividades de Carlos Eduardo y Jorge Alejandro, quienes se encontraban estudiando en París. Él tenía previsto visitarlos en noviembre, pero la situación era muy comprometedora y había pospuesto el viaje en acto de solidaridad con sus compañeros de la Corte, quienes habían sido amenazados semanas antes que él.

No voy a describir la tragedia. El mundo entero sabe lo qué pasó y el país nunca se podrá recuperar de lo sucedido. Ya no podrá ser jamás el mismo. Para el Claustro el momento fue de extrema angustia. No sólo su fundador y rector estaba dentro del Palacio de Justicia. También estaban con él cinco padres de familia, todos Magistrados de la Corte: Alfonso Reyes Echandía, Fabio Calderón Botero, Manuel Gaona Cruz, José Eduardo Gnecco Correa y Gustavo Velásquez Gaviria. La confianza inicial en que todo se iba a resolver positivamente, teniendo cerca el ejemplo de la toma de le Embajada de República Dominicana donde no hubo muertos, empezó a perderse en la medida en que pasaban las horas. Para nosotros la tarea inmediata fue recorrer los hospitales y entrar en contacto con autoridades para solicitar el cese urgente del fuego, algo que nunca llegó. Si el presidente de la República, Belisario Betancur, no oyó al presidente de la Corte, quedaba claro que a nosotros tampoco nos iban a escuchar.


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