Historia

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Zarauz

Es que la antigua sede empezó a perder su calma y su encanto por el creciente carácter comercial del barrio, y las solicitudes de ingreso empezaron a aumentar, lo cual hizo que quedáramos estrechos. Surgió entonces la necesidad de buscar otra sede, campestre en lo posible, y en el norte, donde se estaban trasladando otros colegios y hacia donde se dirigía el mayor impulso urbano de la ciudad. A mediados de 1971 nos pusimos en la tarea con Carlos y encontramos una buena posibilidad. Se trataba de la finca La Gloria, ubicada sobre la carrera Central del Norte, unos metros antes del peaje, de sur a norte a mano izquierda: una casa grande en medio de amplias zonas verdes planas. Tenía problemas de agua y teléfono, pero era en realidad una buena opción, aunque muy lejos para la época. Pero sucedió algo inusual. Una coincidencia de esas que la vida le regala a uno muy de vez en cuando. Antes de iniciar los papeles para firmar el contrato de arrendamiento, Carlos le dijo a Manuelito, el carpintero y portero que vivía en el Colegio y quien se destacaba por su simpatía y chismografía, que fuera empacando sus cosas porque nos íbamos a trastear, pero que no le dijera a nadie para no alborotar el ambiente. Al parecer el entendió “vaya cuéntele a todo el mundo”.

Y así fue. En una entrega de libretas se paró en la puerta principal y empezó a regar la noticia. Una madre de familia, Beatriz Steevens de Saab, madre de William, Camlo y María Cristina Saab, se interesó mucho y le preguntó a Manuelito si la finca era Zarauz y la describió someramente. Manuelito corrió a preguntarme si la finca tenía un lago grande y unos kioscos con techo de paja. Nos comunicamos con Beatriz y el siguiente fin de semana estábamos con Carlos en la puerta principal de Zarauz preguntando por sus dueños. Un portero nos dijo que la finca estaba abandonada y que los dueños no estaban, pero nos dio un teléfono donde contestó la secretaria del abogado Ricardo Bejarano, quien por entonces administraba los bienes de su tía Ana Tulia Bejarano de Laserna, dueña de esa y de otras fincas inmensas en el país. La secretaria nos desanimó rápidamente porque sabía que los dueños no tenían intención de arrendar o vender, a pesar de la insistencia de numerosos clubes, fundaciones, comunidades religiosas, colegios y restaurantes. Pero a los pocos días entró una llamada a la casa, de parte del Dr. Bejarano y se concretó una cita para conocer la finca. El impacto fue tremendo. No sólo era la finca más hermosa que habíamos visto, llena de agua, de montañas, de flores, sino que había sido la sede el Colegio de Nuestra Señora de la Paz, y tenía tres kioscos y seis salones listos para usar y un salón grande detrás de la casa que llamaban ‘el gimnasio’ donde podía reunirse todo el colegio bajo techo. Estaba, además, mucho menos apartada que la otra: era perfecta. La conversación con el doctor Bejarano giró alrededor de temas culturales y educativos, por lo cual hubo mucha empatía y eso facilitó la disposición de arrendarnos la finca. Sabía del prestigio y el recorrido de Carlos y supuso, tal como lo manifestó, que en manos de un educador y poeta la finca no podía estar mejor. Procedió entonces a desbaratar el acuerdo que había establecido previamente con la Superintendecia Bancaria como arrendataria de la finca.

En los últimos meses del año 1971 se hizo el trasteo, con la ayuda de los empleados, los profesores y, cómo olvidarlo, los alumnos. Usamos todos los vehículos que pudimos: propios, prestados, alquilados, la famosa ruta 3 que era un Ford 54 de vejez prematura que todos los claustristas de la época recordamos con cariño y que funcionó hasta más o menos 1986. Hay una filmación muy linda de ese día. Los 344 alumnos del Claustro no se veían ni entre ellos en la nueva sede, pero la felicidad de todos es uno de mis mejores recuerdos.

Tres años más tarde nos enteramos que la finca estaba en venta. Algunos clientes empezaron a llegar los fines de semana a conocerla. Recuerdo en especial unas monjas venezolanas con maletines llenos de bolívares buscando al dueño para comprarla de inmediato. Carlos se puso en contacto con el doctor Bejarano con el propósito de solicitarle un plazo para trasladar al colegio a otra sede, pero aquél le dijo: “por qué no la compra usted”. Se hicieron las cuentas, se hicieron ajustes, se asumieron los riesgos, y después de un gran esfuerzo de muchos años se logró. El sueño se había hecho realidad. El Claustro Moderno tenía por primera vez sede propia, probablemente la más hermosa que un colegio pueda aspirar a tener.

Años después tuvimos la necesidad de ampliar la planta física y desbaratar los kioscos de techo de paja, algo por lo que muchos de los exalumnos de la época no terminan de perdonarnos. Se construyeron los salones de la primaria que todavía existen, con un diseño de Jorge Alejandro quien desde entonces (creo que fue en 1981), ha definido el concepto de todas las construcciones del Colegio. Después de inició la construcción del segundo piso sobre los salones originales del bachillerato, proceso que ha sido muy demorado y que terminó en el 2007.

Vale la pena mencionar también la famosa caída de los techos de tres salones, en 1982, a causa de una impresionante granizada que cayó inmediatamente después de la salida del colegio en horas de la tarde. Quizás fue un problema de construcción de los salones originales, relacionado con una pendiente insuficiente del techo, lo que acumuló el granizo y produjo el desastre, aunque el espectáculo fue grandioso: toda al finca quedó cubierta de granizo, como si se tratara más bien de una nevada en pleno invierno europeo. El maestro Abdú Eljaiek, gran fotógrafo colombiano, muy amigo de Carlos y padre de familia de la época, se apresuró a registrar el momento y aprovechó para tomar, ese mismo día, muchas de las mejores fotografías que le hicieron a Carlos en su vida. Los alumnos fueron ubicados al otro día en la cabaña, la biblioteca, los laboratorios y en la sala de profesores. Mi sobrino Claudio Hernández Becerra, bachiller de la primera promoción, ya se había graduado como arquitecto y condujo la reparación de los salones. Suyos han sido todos los diseños de las posteriores ampliaciones de nuestra planta física.


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