La calidad, un imperativo de la educación

La calidad, un imperativo de la educación

Carlos Medellín Forero
Artículo publicado en primera página de Lecturas Dominicales de El Tiempo, el 21 de enero de 1968.

Se impone hacer del tema colombiano, con afectividad de sano nacionalismo, una cátedra general y permanente.

Una visión general de nuestro sistema educativo en sus componentes elementales, parece ser el natural presupuesto de cualquiera acción reformadora, porque ninguna política cultural o pedagógica respondería en otra forma a los requerimientos de la verdad social. ¿Quién debe responder a esta necesidad? Todos a una. Los que directamente, desde la función estatal o en el sector privado, han asumido la más dispendiosa y grave de las responsabilidades entre las que pesan sobre la comunidad. Y son tan extensas sus raíces, que proceden desde la célula primaria del organismo social, de manera que prácticamente nadie que de él forme parte con algún significado, puede considerarse ajeno a esta vocación.

Pues la educación se organiza y procede a través de ciertos estamentos fundamentales que le sirven de agentes, cada cual dentro de sus propios linderos y proyecciones. No es asunto exclusivo del Estado, a quien la Carta comisiona para dirigir y vigilar sus actos. Ni es cuestión privativa de los maestros a todo nivel, por razones profesionales o de oficio. Ni es problema propio de los editores y autores, en cuyo esfuerzo confían profesores y alumnos. Ni ha de ser preocupación solamente de los padres, en lo que atañe al medio familiar. Sino que de la meditación y la actividad conjunta de todos ellos, ha de resultar la programación integral y la completa realización de los planes educativos, la formulación de una filosofía cultural y pedagógica en que pueda apoyarse seguramente la política general de su adecuada aplicación.

Periódicamente sabemos de congresos, conferencias y otros encuentros pedagógicos, destinados a plantear y debatir materias de esta especie, de los que se derivan conclusiones y recomendaciones harto inteligentes y saludables. Pero hay algo que se advierte como un denominador común de esos certámenes: cada uno ofrece su propio punto de vista, estudia y analiza un temario de ángulos parciales, proyecta su propia y exclusiva imagen. Frecuentemente tales eventos llegan hasta adquirir fisonomía gremial, en la órbita de los maestros y en el lado mismo de los directores, lo cual, si bien responde a elementales derechos, no siempre corresponde, por sus propósitos y sus resultados, al interés superior del problema educativo.

Lo que, en cambio, no se ha verificado aún y debiera ser objeto de inmediatos esfuerzos, es el encuentro de todos aquellos componentes del ente educativo, tan esencialmente relacionados, tan confundidos en su práctico quehacer de todos los momentos, para dar forma y estructura a un sistema que se nutra de las sustancias producidas por cada uno, y escoger de consuno las vías de acceso hacia la solución, no de los problemas parciales sino de la problemática general y común. Cada uno de los agentes de la educación –dependencias gubernativas, directores, maestros, padres, autores y editores- es poseedor de materiales e instrumentos muy particulares, trajinados y conocidos con idoneidad y pericia, a lo largo del tiempo. Cada cual se encuentra en disposición de aportes igualmente valiosos: el Estado regula, el director conduce, el maestro construye, el padre consolida, el autor informa, el editor produce. Y cada quien está en lo suyo, pero probablemente extraño a lo de los demás.

Ocurre entonces que los prospectos y los sistemas educativos, no obstante sus objetivos ideales y sus sujetos concretos, y aun dentro de toda la buena fe posible, surgen desarticulados, transitan vías diferentes y a veces opuestas, se distancian entre sí y conducen a resultados tan desiguales como los que cualquier observador desprevenido puede advertir sin mayor esfuerzo.

A riesgo de incurrir en ostensibles omisiones, y simplemente con criterio enunciativo, una superficial revisión de las actuales instituciones pedagógicas nos permite subrayar los siguientes hechos de calidad, en cada una de las órbitas a través de las cuales se realiza nuestra educación.

Y así como es tan angustioso un índice de analfabetismo que alcanza a la tercera parte de nuestra población, no lo es menos el hipotético de la incultura artística, cuya rata quién sabe hasta donde llegará.

ÓRBITA ESTATAL

Predominio del criterio estadístico sobre la mentalidad cualificadora

Generalmente los informes oficiales sobre el desarrollo del servicio educativo se inspiran en la intención principal de causar admiración por el crecimiento cuantitativo de las aulas y su población estudiantil, como prueba de la preocupación del Estado por uno de los más graves problemas nacionales: el analfabetismo (33.7% de la población colombiana). Sin restarle un solo punto de importancia a ese protuberante mal social, es preciso revivir un interés no inferior hacia el aspecto del contenido, de la CLASE de educación que el país requiere a estas alturas en su condición cultural, de las modalidades exigidas por el espíritu que se aspira a infundir para una verdadera vida nueva y consciente, de la comunidad. En esta materia resulta inapropiado hablar de ‘balances’, término esencialmente contable, para aludir a las circunstancias múltiples del fenómeno educativo, naturalmente no cuantificable.

Exceso intervencionista sobre las partes, con detrimento de la orientación del todo

La gestión oficial de orden práctico suele ser circunstancial, casuista, celosa de la particularidad y el detalle. Una visita de inspección escolar, por ejemplo, -que representa la presencia física del Estado en las aulas y constituye su influencia directa sobre los agentes de la educación- frecuentemente se reduce a comprobaciones matemáticas sobre el desarrollo de los programas de estudio a través de sus intensidades horarias, y pasa de largo sobre el carácter del instituto intervenido, su materia docente, sus herramientas pedagógicas, su capacidad o incapacidad para construir lo que es aún más importante que el depósito objetivo de los conocimientos en una especia de kárdex cerebral, su orientación o desorientación en materia de arquitectura espiritual. El Estado, en su misión reguladora, debe superar esa etapa primitiva, para convertirse en un auténtico señalador de rumbos, y su acción está llamada a ser mucho más orientadora y asesora que policiva.

Indefinición e inestabilidad programáticas

Bien sabemos, y se ha repetido, que frecuentemente, lo que se llama ”cambio educacional”, consiste en precipitadas alteraciones de los planes docentes, adicionando, reduciendo, sustrayendo o limitando sus materias, según las preferencias del criterio de turno. La única consecuencia evidente de todo aquello, es un inconveniente contrapunto de programas, cuya inestabilidad arbitraria desorganiza los currículos, descontinúa los textos e inhabilita no pocas veces la capacidad magistral. Sin desconocer la naturaleza variable de los elementos del conocimiento, especialmente en un mundo y una época cuya evolución científica es tan honda y veloz, resulta imperioso dar firmeza a varios de ellos cuya estabilidad los convierte en espina dorsal de toda cultura.

Bien dividida, como ha sido, la educación media, en ciclos básicos y superior, esta debe articularse racionalmente con su destino natural, la universidad. En tal aspecto ella debería ser la programadora, la fuente de dirección que pueda conducir a los bachilleres hacia sí misma, no solo en cuanto corresponde a sus requerimientos intelectuales, sino como orientadora profesional de su inmediato material humano. Solo así se hace posible restaurar el eslabón roto o construir el inexistente, en el proceso académico y psicológico bachillerato- universidad.

Ciertas actividades académicas abandonadas

Ofrecen los programas actuales de los niveles medio y elemental, ciertos tiempos y espacios intelectualmente dispuestos para actividades denominadas coprogramáticas. El sistema de incalculables proyecciones pedagógicas, carece sin embargo de programa y dirección, e inclusive suele ser menos preciado o simplemente desestimado. Pues en él se encontrarían las mayores posibilidades de formación integral, y los mejores recursos de estructuración cultural, de no ser por la ausencia total de planes concretos y de fuerzas docentes debidamente organizadas.

El Ministerio de Educación todavía dispone de toda una división de divulgación cultural, por cuyo oficio se inquiere constantemente con las mismas respuestas: faltan presupuestos. Sin embargo, aun sin otro presupuesto que el de funcionamiento ligeramente incrementado, ahí tienen sus funcionarios un terrero absolutamente intransitado y suficientemente determinado: el de la programación orientación y vigilancia de las actividades culturales en los establecimientos educativos, la coordinación de sus correspondencias mutuas, la asesoría a escuelas normales y universidades formadoras de maestros, la organización de grandes certámenes interescolares que, en el ámbito de la cultura, realizarán similar propósito al que con éxito se obtiene en los deportes intercolegiados.

Consejo superior de educación

La estructura orgánica de las entidades oficiales especializadas, tendrían en un consejo nacional de educación o como se le quiera denominar, un cuerpo de asesoría técnica de indiscutible trascendencia para el perfeccionamiento de nuestras instituciones educativas, con tal que su integración representara a las cinco órbitas fundamentales de que hemos hablado. Ignoramos las causas de extinción o inoperancia de ese cuerpo consultivo, que en alguna época desempeñó sus funciones con general reconocimiento.

Y pensamos que su reconstitución sería hoy de gran facilidad, contando con las asociaciones existentes de universidades, colegios, rectores, profesores, padres de familia, editores y autores de textos escolares, todas ellas organizadas, capaces y activas, muy representativas, además, de los sectores educativos que personifican.

A no dudarlo, problemas tan específicos, y de tantas implicaciones técnicas y económicas, como el del calendario, el régimen semestral y la pretendida unificación de textos, que tanto conmueven a la opinión pública recibirían mejores tratamientos y resultarían más ampliamente consultadas con las partes de mayor interés, en el recinto de dicho organismo así constituído.

Es preciso revivir el interés hacia el aspecto del contenido, de la CLASE de educación que el país requiere a estas alturas de su condición cultural.

ÓRBITA ESCOLAR

Predominio de la información sobre la formación

Sigue vigente uno de los más antiguos reparos al sentido del trabajo escolar en sus tres niveles generales: el de la prevalencia del criterio simplemente instructivo sobre el taller de operaciones constructivas en materia psicológica y cultural. Continúa de actualidad la necesidad de convertir al profesor en maestro, al estudiante en discípulo, a la escuela, el colegio y la universidad misma, en laboratorio de mentes estructuradas y personalidades completas. Ello implica una revaluación efectiva de nuestra filosofía pedagógica, con inspiración en dos sabios postulados de la cultura al considerarla como “la vocación universal del hombre” y como “aquello que queda en el alma una vez olvidado lo que se aprendió”.

Deficiente formación del sentido estético

Al considerar la educación como ciencia y arte de descubrimiento y formación, son los sentidos físicos y morales del individuo sus objetivos primordiales, particularmente propios de los niveles elemental y medio. Y entre aquellos, es el sentido estético uno de los más ponderables y exigentes, por cuanto comunica al espíritu con su aire primordial y lo dispone hacia sus mejores alimentos. De manera que cualquier tipo de educación resulta gravemente imperfecto, si dentro de sus principios y sus sistemas de aplicación no aparecen los predestinados al descubrimiento y la formación del sentido estético, en tiempo oportuno. Y así como es tan angustioso un índice de analfabetismo que alcanza a la tercera parte de nuestra población, no lo es menos el hipotético de la incultura artística, cuya rata quién sabe hasta dónde llegará. Este fenómeno presenta íntimas conexiones con los hechos de infracalidad propios de las demás órbitas educacionales.

Escasa formación del sentimiento nacional

Pero no es menos evidente nuestra despreocupación por el cultivo y desarrollo de la sensibilidad patriótica y el sentimiento nacional, lo cual no depende, como algunos parecen suponerlo, de una rutinaria ceremonia escolar en la que se iza el pabellón a los acordes del himno. En esto ocurre algo semejante al falso concepto que confunde la religión con la liturgia de artificiales brillos. El conocimiento íntimo del complejo patrio, a partir del territorio que lo contiene, de los valores que lo enriquecen, de la tradición y la historia que lo animan, de los bienes y los males que lo caracterizan, representa el primer imperativo de nuestra educación.

Así que se impone hacer del tema colombiano, con afectividad de sano nacionalismo, una cátedra general y permanente, distinta por su concepción y su tratamiento, de la geografía y la historia de Colombia.

El conocimiento progresivo de los asuntos nacionales, en sus implicaciones sociales y humanas, con intención docente y espíritu investigativo, parece ser el único medio hacia la formación de una verdadera conciencia de patria, como premisa obligada para el despertar inteligente de la sensibilidad nacional.

Servicio a la comunidad

Pese a los esfuerzos del actual gobierno para fomentar la proyección de los establecimientos educativos hacia las áreas sociales de más escasos recursos económicos, todavía no es posible apreciar mayores esfuerzos de correspondencia, quizás por falta de suficientes estímulos. La verdad es que esa falta de preocupación por el servicio a la comunidad es una de tantas consecuencias del escaso sentimiento nacional que anotábamos y de la insensibilidad social por la que se explica el retardo de muchos procesos comunitarios. Es posible que los establecimientos educativos encausen sus prospectos de instrucción y cultura y destinen algunos de sus instrumentos, hacia una acción de influencia sobre sus sectores sociales inmediatos que lo requieran, mediante la organización de escuelas anexas de alfabetización para menores o para adultos en las primera horas vespertinas, o en espacios sabatinos y dominicales, utilizando el muy aprovechable material humano de los cursos superiores, e inclusive patrocinando giras de sus grupos culturales por los barrios de la ciudad y las provincias cercanas. Además del buen efecto de estas generosas empresas sobre sus favorecidos (y lo son principalmente sus gestores), pedagógicamente ellas van formando un hábito y una conciencia de servicio social que se extenderá hasta la futura vida universitaria y el ulterior ejercicio profesional.

Falta de orientaciones propias y específicas

El ciclo superior de la educación media ha debido servir, entre otras cosas, para inspirar y facilitar una suerte de especialización en los institutos docentes que, sin alterar los planes básicos de estudio, y solo mediante el aprovechamiento de las horas coprogramáticas y de intensificación, definieran en cada uno un determinado carácter. Así los padres y los estudiantes podrían escoger entre los establecimientos de tendencias humanística y social, por ejemplo, y los de orientación científica y tecnológica, según los resultados en cada caso, de una previa orientación vocacional que, en el momento de la decisión, ya ha debido producir sus resultados.

Escasos contactos familiares y ninguna vigilancia extramural

Las relaciones entre la escuela y la familia deben ser definidas con precisión y claridad. Cabe aplicar en ellas el sistema de la actividad conjunta con responsabilidad compartida, y no sobra recordar que el hecho reglamentario de una matrícula en manera alguna significa la exoneración de los deberes paternos en materia educativa, sino que apenas constituye una cierta delegación parcial de ellos, fundada en consideraciones de confianza. Pero ni los padres pueden considerarse ajenos a las actitudes y los procederes de sus hijos en el claustro, ni este puede ser indiferente a la conducta de sus alumnos fuera de él, no solo en cuanto se refiere al rendimiento académico, sino particularmente en lo que atañe a su comportamiento extramural. Pues así como la conducta escolar de los jóvenes y los niños es un reflejo directo de su formación familiar, sus actitudes en el hogar y dentro de sus respectivos ambientes sociales, deben traducir la realidad de su condición educativa.


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