Epístola moral a un bachiller colombiano

Epístola moral a un bachiller colombiano

Carlos Medellín Forero
Oración de estudios de la ceremonia de graduación de la primera promoción de bachilleres del Claustro, en noviembre de 1970 en el Teatro Colón de Bogotá.

Y bien, querido amigo, finalmente obtuvo tu esfuerzo el resultado que te proponías: eres bachiller. Esto significa que ha concluido la primera etapa realmente importante de tu existencia. Fueron once o doce años que transcurrieron con velocidad, entre las contingencias propias de las personas de tu edad. Pequeños problemas que para ti eran grandes, pero que ahora, a distancia, ves en su verdadera dimensión. Acaso muchos de ellos te hagan sonreír. Sin embargo, no olvides cuánto te aprovecharon, por intranscendentes que fueran. Debes agradecerlos.

No dudo que tienes merecido el descanso al cual te dispones. Piensa que, como en años anteriores, al término del curso, podrás arrimar tus libros al sitio menos frecuentado de la casa, y dedicarte de lleno a tu bien ganada vacación que tal vez signifique para ti diversiones, alegría, despreocupación, holganza. Ojalá pudieras cumplir ese deseo, pero ocurre que cada nueva situación importante lograda por nosotros, cuanto más trabajo haya requerido y más satisfacción aporte, tanto más nos compromete, es decir, nos trae responsabilidades que no podemos eludir. Por eso lamento desilusionarte. Tu nueva personalidad, de pronto, se abre hermosamente a la luz, como amable resultado de una evolución irreversible. Es un espectáculo admirable. Eres su protagonista; en alguna forma su único actor. Y debes continuar hacia el segundo acto. Debes, ¿entiendes?

Debes seguir actuando en el nuevo proceso desde ahora, desde hoy. Tú ya conoces el valor del tiempo. En ciertas ocasiones aumenta ese valor, y ello ocurre cuando se trata de nuestro propio tiempo, el nuestro, el tuyo, que te ha sido dado con objetivos concretos de los cuales tendrás que rendir minuciosa cuenta. En este momento no hay solución de continuidad en la tarea de proyectarte hacia el futuro. Cada día es una mayor necesidad. Y como sé que la soledad será contigo ahora, quizás por primera vez, con su duro rostro escultórico, al que luego te acostumbrarás, vengo a decirte algo que pudiera servirte en el difícil arte de tu orientación profesional.

Eres feliz poseedor de un documento que acredita tu idoneidad intelectual para iniciar una carrera. Si realmente existe tal idoneidad, sólo tú puedes saberlo. No creas que ella se refiere a los múltiples conocimientos adquiridos que sea capaz de retener. No. El problema radica en la estructuración de tu criterio, en la construcción de tu personalidad. Comprenderás ahora hasta dónde tus profesores supieron ser maestros, y cómo tu colegio, más que lugar de información, ha debido obrar sobre ti como un taller de formación para la vida. Si yo te sometiera a un cuestionario sobre el origen del mundo, seguramente podrías absolverlo con propiedad. Pero si te invito a que me expliques el mundo de tu entidad existencial al cual perteneces por algo y para algo, ¿responderías con similar acierto? Si alguien te propusiera algunos interrogantes sobre el principio vital o sobre las primitivas formas de vida, serías también elocuente en la respuesta. Pero si te pido me digas la razón de tu vida, ¿la dirías con suficiente poder de convicción? En otras palabras, quiero hacerte pensar en ti mismo, porque has llegado al momento de ese tremendo ejercicio. Y ese momento se repetirá desde ahora cada vez con frecuencia mayor.

Entendida la condición de bachiller como un presupuesto elemental para la vocación del futuro, estás en la necesidad de decidir tu destino. ¿Sabes lo que esto significa? Tendrás que resolver por tu exclusiva cuenta acerca de ti mismo. Puedes estar seguro de que nunca antes hubo para ti mayor responsabilidad, la cual ya no es solamente un concepto abstracto sino algo muy concreto y muy práctico, cuya solución no encontrarás en ninguno de los libros que quisieras no volver a abrir por algún tiempo. Solo te servirá el esfuerzo sincero de buscar en ti mismo. Tendrás que encontrarte en tu posición actual y señalar para ti un sitio determinado en tu mundo. Te reconocerás con tu propia imagen, con tu corazón real y espíritu verdadero.

Ciertamente debes preferir la profesión que mejor convenga a tu realidad humana, pero antes sabrás hasta dónde llega tu conocimiento de ti mismo, porque aquello inevitablemente depende de esto. No se trata de menos y desde luego, nunca acabarás de hacerlo, pero tu orientación profesional requiere ese comienzo como inmodificable fundamento. Conocerte a ti mismo significa, para tal efecto, no solo la conciencia de tu ser psicológico, cuya importancia está en primer término, sino la determinación de las circunstancias, las modalidades y las características del medio económico y social en el que actúas Esto quiere decir que te corresponde establecer y valorar factores materiales y factores morales, cuya conjunción resulta indispensable para localizarte más o menos precisamente.

Los factores económicos considerables en esta oportunidad ofrecen tres aspectos íntimamente relacionados: tus posibilidades actuales, el costo de los estudios que desees iniciar y el ánimo de futuras ganancias en tu ejercicio profesional.

Sin restarle nada a la importancia del factor económico en tales puntos de vista, tendrás que aceptar que no siempre es definitivo como elemento de juicio, ni puede llevar a una determinación absoluta. Justa y muy justa, es tu aspiración de superar tus recursos económicos, sobre todo si han sido tan escasos como para obligarte a esenciales privaciones. Pero no sería menos injusto que solo por esta circunstancia, secundaría cuando se confronta con superiores ideales, tuvieras que traicionar una vocación claramente definida. La historia de muchos grandes hombres, bien lo sabes, es una constante contradicción a sus posibilidades económicas con la sola herramienta de su voluntad inflexible. Lo que, en cambio, debes comprender, aceptar y acoger sin reservas, es el convencimiento de que a ninguna profesión puedes llegar impulsado únicamente por la ambición del lucro. Ello sería un falso fundamento moralmente inadmisible. Más aún, si solo ello persigues, busca una actividad de las que menos exigen y más producen en material fortuna. Te aseguro que hay muchas, solo que una sociedad culta no siempre las tolera indefinidamente.

Digna es de tomarse en cuenta tu posición social, no tanto en el sentido que generalmente se concede a tal expresión, sino en cuanto se refiere al medio en el que tu familia tiene asiento. Este factor motiva en buena parte tus amistades, tus relaciones humanas, tu ordinario contacto con la humanidad. Observa, dentro de ese ambiente, cuáles serían las posibilidades lógicas de ejercer una profesión, y cómo en ella te verías secundado por las personas que más de cerca te rodean.

El factor social comprende, igualmente, la proyección de la profesión sobre la sociedad, motivo de los más ponderosos para tu decisión. No olvides que, sobre todo, tu condición de miembro activo de la comunidad implica para ti una cantidad de derechos y de obligaciones correlativas, entre las cuales está primordialmente la de ser útil a tus semejantes, en la proporción y la medida de tus posibilidades reales. Piensa de qué manera podrás satisfacer esa exigencia. Cuáles son en tu país las necesidades colectivas más urgentes, en vista de las múltiples circunstancias de diverso orden que encauzan actualmente la vida nacional. Es evidente que necesitamos muchos profesionales de distinta especie, pero hay algunos cuya presencia multiplicada resulta más imperiosa. Fundamentalmente se advierte la necesidad del buen profesional, y hay profesiones que reclaman un inmediato rescate para reintegrarles un grado de honradez y dignidad que quizás hayan perdido, a causa de quienes no supieron ser fieles a su espíritu original.

De la vocación generalmente se cree que solo consiste en el gusto por una actividad determinada, lo cual no es muy exacto. Tú puedes, por ejemplo, experimentar placer estético en la consideración de una obra pictórica, musical o literaria, y, sin embargo, es probable que no sea tu destino el mismo del pintor, el músico o el escritor. Quizás admires al cirujano y te complazca el bello oficio de su rito blanco, pero tal vez carezcas de las condiciones indispensables para participar en él. A pesar de la inclinación que sientas hacia una profesión, no tienes su vocación si solo te apoyas en esa circunstancia para seguirla.

El sentido neto de la vocación es el llamamiento que a alguien se hace para profesar, es decir, para aceptar devotamente su destino social mediante el ejercicio de la función que circunstancias personales prescriben. Desgraciadamente, como te decía, el gusto por un oficio no siempre implica la aptitud para desempeñarlo. Pero es seguro, al contrario, que tal aptitud produzca de inmediato el placer de su aprovechamiento. De manera que lo aconsejable es atender más a los talentos con que Dios te ha dotado, y de los cuales tienes tanta responsabilidad, porque ellos mismos, en su adecuado desarrollo, serán causa de tu placer, y aún de la equitativa aspiración económica que probablemente no te abandona.

En este punto lo primero será que conozcas la naturaleza y el sentido de todas las profesiones, las cuales superan en mucho la cantidad y el concepto que ordinariamente se tiene de ellas. Tal vez te sorprendas si te digo que en Colombia existen actualmente más de cincuenta profesiones liberales diferentes, una de las cuales ha de tener su vocación para ti, según sean y se manifiesten tus disposiciones hacia ella. No importan tus condiciones temperamentales y de carácter, tus circunstancias económicas y sociales, tus gustos y habilidades, el creciente desarrollo de tu país te permite ahora buscar y encontrar una aposición profesional tan noble y respetable como otra cualquiera. Resultaría demasiado extenso este mensaje si tuviera que explicarte cómo es, en qué consiste y qué requisitos demanda cada una. Pero como debes saberlo a ciencia cierta, te aconsejo la ayuda de un profesional que merezca tu admiración, para que te informes adecuadamente sobre el particular.

Por otra parte, debes abandonar el prejuicio del doctoramiento, tan generalizado entre nosotros. Futuras experiencias te enseñarán cuán accidental y relativa es esta circunstancia, apreciada desde un punto de vista estrictamente intelectual y aún social. En alguna ocasión, al ser presentado un médico a cierto amigo, éste entabló conversación con él dándole el tratamiento de señor. Al darse cuenta de su equivocación se apresuró a ofrecer disculpas por ella. A lo cual el médico le respondió. “No se preocupe. Sepa usted que abundan los doctores y, en cambio, escasean los señores”.

Doctor, o lo que quieras o logres ser, ante todo debes poseer y conservar la calidad moral del señor. Para los latinos señor era el dominus, y con este mismo término nombraban al dueño de algo, de donde en nuestro idioma se derivan vocablos como dominio y dominar. Serás señor, doctor o no, en tanto tu atributo espiritual esté formado por la honradez de tu mente y la fuerza constructiva de tu voluntad, en tanto tu mano izquierda pueda saber lo que hace la derecha, según el consejo evangélico; en tanto puedas mantener el don supremo de la lealtad para contigo mismo, sin la cual nunca serás leal a quienes debas serlo. Señor es el propietario de sí mismo, porque una vez se encontró, se posesionó y resolvió mantener a toda costa esa preciosa propiedad. Señor es el dueño de su propio nombre para poder escribirlo públicamente sin temor. El señorío es una dignidad que imprime carácter, una especial categoría entre los valores humanos. Debes saber, querido amigo, que con tu título de bachiller has recibido el grado de señor, premisa esencial para aspirar a cualquier profesión. Si lo conseguiste es porque tenías su vocación, la vocación universal del hombre, como se ha dicho de la cultura, porque ella misma forma parte del patrimonio moral que se requiere para exigir el título de señor. Que logres enriquecerlo y conservarlo, son los mejores deseos de tu cordial amigo.


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