Hay tiempo para la formación, además de la simple información

Hay tiempo para la formación, además de la simple información

Carlos Medellín Forero
Artículo publicado en Lecturas Dominicales de El Tiempo, el 20 de noviembre de 1966.

Seiscientas cincuenta y cinco horas anuales en la educación primaria, y mil ciento setenta en el bachillerato, dedican los programas oficiales a las llamadas actividades coprogramáticas incluyendo la educación estética. Si se comparan con la intensidad horaria de las materias puramente intelectuales, que son las tradicionales de toda instrucción escolar, forzoso es aceptar que aquellas disponen de un tiempo suficiente para aprovecharlas en toda la extensión deseable, si es que se las quiere utilizar en su incalculable valor educativo.

Pero ¿en qué consisten esas actividades de curioso nombre? Diríamos que se trata de poner en práctica el único sistema eficaz para descubrir la verdadera personalidad de los jóvenes y los niños, a través del encuentro de sus talentos ocultos, de sus aptitudes innatas y sus disposiciones temperamentales. Esto significa, en gran síntesis, la tarea del auténtico educador, en la que cual queda incluida la necesidad de que el educando se descubra a sí mismo, en un lento y largo proceso que debe conducir a su propio conocimiento, lo cual, entre otras cosas, sigue siendo el principio de la sabiduría en el lenguaje filosófico de Grecia.

Loa expertos en psicopedagogía distinguen entre las orientación vocacional y la orientación profesional, dentro de una consecuencia unitaria. Bien entendidas las cosas, ninguna de las dos consiste, como algunos suponen, en conferencias simplemente informativas sobre el carácter y las posibilidades de cada rama profesional, reservadas a quienes andan en los últimos pasos de la educación media, en víspera de la universidad. Al contrario, la orientación vocacional, fundamento de la profesional, se inicia en el momento en que el niño accede por primera vez al aula, ciertamente el más difícil para el maestro y el más peligroso para la sensibilidad infantil. A medida que ese pequeño gran mundo de complejidades psicológicas que es el niño, va abriendo las ventanas y las puertas de sus interioridades espirituales, la mano rectora del educador y el ojo vigilante de los padres deben disponer de un entrenamiento suficiente para saber guardar la luz, moderar el sonido y atemperar la permanente sucesión de los milagros, de manera que el universo de las ideas y el mundo de los hechos queden condicionados a una capacidad receptiva en constante evolución.

Esto es lo que en grandes caracteres y en forzoso resumen pudiera denominarse la filosofía de las llamadas actividades coprogramáticas, que con tan acertado juicio consagran los programas oficiales en amplio espacio de aprovechamiento. Es una metodología racional, consecuente y ordenada, para la educación progresiva de los sentidos, de lo cual dependerá, tiempo más tarde, la formación cultural definitiva, dentro de un concepto preciso de la educación integral. El conocimiento de la luz, el color y las formas elementales, la sensación pura del ritmo y la asimilación de los sonidos, la expresión inteligente estimulada por una imaginación enriquecida, son fines primordiales de esta pedagogía recreativa, concebida y llevadas a la práctica no como intrascendente pasatiempo sino como intensa labor de arquitectura espiritual. Todo lo cual, unido a la regular tarea de adquisición y ordenación de los conocimientos, conducirá indubitablemente a la creación del tipo humano que nuestra sociedad requiere para la efectiva superación del subdesarrollo cultural que vive y padece.

Un colegio no es, no debe ser solo un centro de enseñanza, sino un laboratorio de cultura, de descubrimientos para la vida, de estímulos espirituales y estéticos.

¿Cómo podrían nuestros establecimientos educativos satisfacer esa exigencia?. Simplemente concedido a tales actividades, tan esencialmente formativas, la atención, el tiempo y la dedicación que merecen, y que el Estado determina pero quizás no exige con rigor suficiente. Las prácticas libres pero dirigidas de dibujo, pintura, modelado y artesanía, los ejercicios de teatro (improvisaciones sobre temas familiares, títeres de fabricación propia e inventiva personal), la disciplina musical a través de experiencias propias, con los instrumentos de percusión, en primer término, las prácticas de expresión coral e individual, las academias literarias, los centros de curiosidad científica, constituyen el mejor y más eficiente recurso de cualquier prospecto educativo porque solo a través de esas experiencia se obtiene el estímulo de la iniciativa infantil y solo mediante ellas se pueden fomentar las aptitudes y las inclinaciones que iluminan la mente creadora del autentico maestro.

A medida que ese pequeño gran mundo de complejidades psicológicas que es el niño, va abriendo las ventanas y las puertas de sus interioridades espirituales, la mano rectora del educador y el ojo vigilante de los padres deben disponer de un entrenamiento suficiente para saber graduar la luz, moderar el sonido y atemperar la permanente sucesión de los milagros.


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