La educación colombiana en busca de una fisionomía

La educación colombiana en busca de una fisionomía

Carlos Medellín Forero
Artículo publicado en primera página de Lecturas Dominicales de El Tiempo, el 17 de octubre 1965.

Nunca se insistirá demasiado sobre la necesidad de dar a nuestra educación un contenido verdaderamente colombiano, dentro de las técnicas y los sistemas universalmente establecidos y probados. Hay temas y conceptos sobre los cuales es preciso estar volviendo sin temor a la repetición, cuando para ellos tenemos poca memoria o escasa atención. Y hay también ciertos principios elementales que, por ello mismo, suponemos están fuera de toda discusión, y que, sin embargo, al tratar de localizarlos en su ubicación natural, su ausencia nos causa desconcierto. Pues a la educación colombiana, si de ella puede hablarse en estricta verdad, le sigue ocurriendo lo que muchas veces hemos glosado en sus prospectos generales, una evidente inclinación hacia el universalismo deshumanizado y una mentalidad perfeccionista cada vez más alejada de las realidades sociales que en ella se deben reflejar con honda proyección creadora.

Uno de los caracteres más apasionantes de la noble disciplina educacional es, precisamente, la constante oportunidad que nos brinda para satisfacer nuestra necesidad de corregirnos y rectificarnos, de manera que logremos hacer en los demás lo que en nosotros mismos no obtuvimos. Es un lugar común afirmar que la única solución positiva de nuestros grandes problemas solo se encuentra en el proceso educativo, de cuya dirección y ejecución depende la manera como el país llegue a entender y asimilar la compleja problemática de un futuro inmediato, que avanza con velocidad superior a sus posibilidades actuales, escasas ellas y de pocas recursos, por lo que la educación no alcanzó a satisfacer en su momento.

El afán de universalismo ha desplazado de sus lugares propios muchos de los valores fundamentales de nuestra educación. Pudiera decirse que estamos empeñados en enseñar el alfabeto prescindiendo de sus tres primeros signos básicos para una verdadera sintaxis mental y afectiva, sin la cual todo concepto de la vida y del hombre resulta fatalmente falsificado.

EDUCAR PARA VIVIR

Educar para vivir, dicen nuestros maestros que es su primordial propósito, y es seguro que están en lo cierto. Pero a ese postulado general falta un modo que explique su significado práctico, por lo demás el único posible como disciplina informadora. Educar para vivir, si, pero viviendo, porque el sujeto de su atención y de su aplicación existe en la plenitud de sus facultades vitales, que no solo no se interrumpen mientras se le “enseña la vida”, sino que se afinan y agudizan hasta extremos increíbles. Consciente o inconscientemente el joven y el niño se hallan en estado de avidez perceptiva y en actitud permanente de comprensión anímica, sin que ningún acto, o palabra alguna, logren escapar de esa red cautivadora. De ahí el peligro y la responsabilidad. Y de ahí la necesidad de tener presente al hombre, más allá de las simples teorías pedagógicas, de los planes de estudios milimétricamente contabilizados y de las normas disciplinarias aplicadas con el frío rigor de las cláusulas reglamentarias.

Esto es humanizar la educación y esto es la educación humanista. No, como algunos pretenden, el simple conocimiento de los filósofos, de los artistas, de los escritores y de los científicos que enseña la historia con precisión aritmética y aterrador casuismo, ni la memoria biográfica o la estrecha comprensión matemática de teoremas y fórmulas fácilmente olvidables. Nada se obtiene si la disciplina intelectiva no corresponde a una auténtica verdad sensitiva y, en el orden de los valores morales, desde el ángulo estrictamente educativo, resulta mucho más importante aprender a vivir, viviendo, que aprender a recordar con impasible memoria de falso ecumenismo.

Más que aprender el estudiante debe comprender, y a esto no se llega sino por experiencias personales que el educador debe procurar en la medida de los gustos y las inclinaciones del elemento que se le confía. ¿Hasta dónde nuestros institutos educativos están aplicando este postulado básico de la arquitectura individual?

Los planes oficiales de nuestra educación, tantas veces hechos, revisados y rehechos, conceden un amplio margen a la actividad extracurricular, para que sus ejecutores de todos los niveles la aprovechen a través de establecimientos internos en los cuales cada estudiante pueda hallar su oportunidad de aprender a vivir, viviendo. Probablemente no exista quien carezca de una habilidad, una tendencia o una afición que son los puntos de referencia para determinar y aclarar la vocación de cada cual. La ocasión de conocerlas y distinguirse en ellas, permite al joven o al niño satisfacer su necesidad de figurar y destacarse, y cuando esto se consigue está ganada la empresa de hacer que se encuentre a sí mismo en su dimensión espiritual. Si se atiende a la trascendencia de tales programas, claro se ve cómo ellos deben dejar de ser un asunto opcional, para convertirse en materia de prelación con fuerza obligatoria y garantía de cumplimiento.

Los grupos de teatro experimental, las academias literarias, los centros de investigación científica coordinada con el estudio regular de las materias afines, los conjuntos corales, los periódicos y las revistas estudiantiles, los pequeños talleres de pintura y artes aplicadas, los concursos, los equipos deportivos y los cuadros de escultismo, no son, pues, actividades de segundo orden para que los establecimientos de educación las realicen si a bien lo tienen. Si a través de ellos se forma el ambiente propicio para un auténtico desarrollo de la personalidad, y si en su medio se encuentran los elementos necesarios a tal fin, esas llamadas actividades extracurriculares constituyen el mayor motivo de superación personal y el procedimiento más adecuado para la aplicación de lo que hemos dado en denominar una educación integral, la cual consiste en última instancia, en enseñar a vivir, viviendo.

LA PROFESIÓN UNIVERSAL DEL HOMBRE

También se ha dicho y repetido muchas veces que la educación colombiana tiene más de información que de formación, y que frecuentemente confunde la instrucción con la cultura, asuntos diferentes aunque esta contenga primordialmente a aquella. Si ello es así, y si queremos reajustar nuestros cánones educativos con la intención de conceder a la cultura la posición predominante que le corresponde en los objetivos primarios de la educación, hemos de recordar aquel concepto, no por literario menos abundante en contenido social y humano, de que la cultura es la profesión universal del hombre.

El más sencillo análisis de lo que significa y representa la cultura en cada uno de los estamentos de nuestra sociedad, el más superficial examen de conciencia en cuanto a nuestra obligación particular con las categorías culturales a que estamos llamados, en razón de nuestra profesión universal y de nuestras profesiones y oficios particulares, nos indicarán fácilmente hasta qué punto estamos distantes del ideal más modesto, y nos señalarán profundos vacíos que desconciertan, no solo en el aspecto del conocimiento sino, sobre todo, en el agrietado edificio de una personalidad semiconstruida. Muy pocos podrían sustraerse de esta característica general en la comunidad colombiana. Y como, según lo expresábamos antes, solo la educación es dispensadora de adecuados correctivos, toca a sus gestores procurar las enmiendas, con la seguridad, eso sí, de estar prestando al país el mejor y más urgente de los servicios.

Muchos de los casos de insuficiencia cultural a que nos referimos, solo demandan complementos que los interesados buscan afanosamente sin que encuentren la posibilidad de lograrlos en la medida de sus necesidades. En este sentido la universidad de los últimos tiempos ha tratado de corresponder al apremio, mediante cursos de extensión que se entienden como parte de su función social, pero que, dadas la magnitud y la extensión del problema, no son suficientes. Por eso pensamos que los establecimientos de educación media tienen semejante función de servicio cultural a la comunidad, y que su destino no se limita a una simple instrucción general de los educandos, sino que debe extenderse a quienes lo soliciten con suficiente razón. La empresa de alfabetización y de instrucción no es, pues, el último término en la disciplina educadora que ejercen nuestros institutos pedagógicos. Paralelamente, y mucho más en un país que quiere desarrollarse, hay un largo prospecto de realizaciones por lograr, del cual nadie puede considerase exento.

La inclinación perfeccionista que ha distinguido a quienes en ciertos momentos asumieron las grandes tareas directivas de nuestra educación en sus tres niveles esenciales, ha venido a producir poco a poco en el tiempo una institución de metas y objetivos harto inconveniente, como se puede apreciar sin mayores esfuerzos en los resultados evidentes de las generaciones que han experimentado, sin saberlo, tan equivocada desviación de principios. El afán de universalismo ha desplazado de sus lugares propios muchos de los valores fundamentales de nuestra educación. Pudiera decirse que estamos empeñados en enseñar el alfabeto prescindiendo de sus tres primeros signos, básicos para una verdadera sintaxis mental y afectiva, sin la cual todo concepto de la vida y del hombre resulta fatalmente falsificado.

¿Qué importa, por ejemplo, enseñar a conocer la estructura del Estado, en un curso de instrucción cívica, si no se sabe influir en la formación de una conciencia clara sobre los derechos y obligaciones del ser humano como tal y de la responsabilidad y el respeto inherentes a esa excepcional categoría? ¿O qué interesa el conocimiento preciso de nuestra geografía física, si no la concebimos como factor determinante en muchos aspectos de la geografía económica y social, en su autentica verdad de anhelos y frustraciones? ¿Dónde están los planes pedagógicos para formar y educar el gusto de nuestras juventudes, cuya única cátedra es el desmedido aparato publicitario inspirado por el peor de los criterios de las propagandas mercantiles? ¿Y quién recuerda aún las exigencias de la urbanidad, sin la cual las nociones teóricas de ética son palabras vacías? ¿Quién enseña a conocer y amar los valores autóctonos de nuestra nacionalidad, en las tradiciones populares que se ignoran y tienden a desaparecer por falta de resonancia en el espíritu de nuestras gentes nuevas, que solo son capaces de entender y repetir mecánicamente los acentos foráneos con que nos inundan los monstruos electrónicos de la técnica contemporánea?

Todo esto y mucho más, reclama una reacción vigorosa, si es que comprendemos la necesidad de rescatar para nuestra educación ciertos principios elementales que le permitan asumir otra vez una perdida fisonomía nacional, sin la cual, por altas que sean las cifras estadísticas de su evolución numérica, no podrá ser excluida de la sentencia evangélica según la cual de nada sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma.